Me invade una sensación de euforia. La presencia de esta joven muchacha me produce un carrusel de emociones como si estuviera montado en un tiovivo. Un tiovivo que me da miedo y a la vez me atrae. El olor a algodón de azúcar y polvo me seca la garganta.
-Oh, mi pequeño incendio, permítame mordisquear su ropa, desmenuzarla a buenas dentelladas, escupirlas como un confeti para besarla bajo una lluvia.
+No veo más que fuego, con solo unos pasos puedo perderme a lo lejos, tan lejos en mi calle que no me atreva ya siquiera a mirar derecho a los ojos del cielo, no veo mas que fuego.
-Yo lo guiaré hasta el exterior de su cabeza, yo seré sus gafas y usted mi cerilla.
+Tengo que confesarle algo: Lo escucho, pero no lograría reconocerle jamas aunque estuviera sentado entre un par de viejecitos...
-Nos frotaremos el uno contra el otro hasta chamuscarnos el esqueleto, y cuando el reloj de mi corazón de las doce en punto, arderemos, sin necesidad de abrir los ojos.
+Lo sé, soy una mente ardiente, pero cuando la música se detiene, me cuesta abrir los ojos, me enciendo como una cerilla y mis párpados queman con mil fuegos hasta romper mis gafas, sin pensar siquiera en abrir los ojos.
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